«¡Bayameses! ¡Prendámosle fuego al pueblo!». Carlos Manuel de Céspedes había ordenado: «Consulten al pueblo todo», y la respuesta fue un suspiro colectivo que selló su destino. Perucho Figueredo, autor del Himno Nacional, expuso con lógica desgarradora: «No tenemos fusiles ni balas… No queda otro camino que inmolarlo todo». Prefirieron la huella del fuego a la marca del yugo.
Con el alba, la teoría se volvió cataclismo. Veintitrés calles ardieron en una sola garganta. Perucho prendió fuego a su piano, cuyas maderas nobles habían acunado los primeros compases de libertad. Las llamas devoraron la fortuna de Francisco Vicente Aguilera, reduciendo una vida de lujo a humo y ceniza. Los archivos de la naciente República fueron devorados por el incendio; 14 iglesias se coronaron con guirnaldas de fuego, salvándose solo la capilla de Nuestra Señora de los Dolores.
Mientras Bayamo ardía, más de 7 000 bayameses iniciaron un gigantesco éxodo hacia la manigua. Desde allí, la familia Figueredo observó el cielo enfermar de un rojo profundo. «Parece un gran incendio», murmuró la madre. Y Perucho, con el alma encogida, confirmó: «Es nuestro querido Bayamo». Su hija Canducha escribiría después: «Todas convinimos que era preferible verla pasto de las llamas».
Tres días después, las tropas españolas se atrevieron a entrar. De 1 200 inmuebles, solo 160 resistieron. El 86 % de la ciudad era un paisaje lunar de esqueletos calcinados. El mármol, cuarteado; el oro de los altares, fundido. Bayamo no se había rendido: se había transfigurado. Su cuerpo era humo, pero su espíritu –ahora indestructible– pasaría a avivar el aliento de la libertad.
Hoy, al recorrer estas calles, es imposible no conmoverse al recordar el arrojo de una generación que demostró, con la ofrenda de sus hogares, que la libertad cuesta todo, menos el honor.




