
Cecilia Todd, de 75 años, cantora de la música tradicional venezolana, intérprete del cuatro y de los géneros que sostienen la memoria popular del país, recibe a sus invitados como canta: con una dulzura firme.
“La gente, cuando está para encontrarse, se encuentra”, me dice. Y habla de Cuba, como algo entrañable, y como si no hubiera sido realmente producto del azahar su conexión con la isla.
“Las coincidencias de la vida tienen un propósito”, dijo. Hay muchos afectos entre nuestra gente, recuerda, pero también corrientes profundas que unen a América Latina por debajo de sus fronteras: la de vivir bajo constante asedio, saqueo, imposiciones desde el norte.
Y en ese mapa sentimental y político, el nombre de Silvio Rodríguez aparece de inmediato. Cecilia lo recuerda en una plaza de Buenos Aires. Coincidieron una vez y él la invitó a cantar.
“A Silvio le gusta mucho cantar en plazas”, contó durante una entrevista a un programa de radio argentino. Aquella vez había unas cien mil personas. Todas habían ido a verlo a él. “Había cien mil personas cantando todas las canciones. ¡Todas se las sabían!”. Las canciones de Silvio son un repertorio que se vuelve propio, íntimo, aun en medio de una plaza desbordada.
Silvio, como Cecilia, convierten la identidad nacional en conciencia colectiva. El necio es un ejemplo de ello, y un testamento. Escrita en 1991, a las puertas de la caída del campo socialista, vindico la decisión de no moverse, de permanecer firmes, cuando todo alrededor invitaba a ceder. “Yo me muero como viví”.
En marzo de 2026, en medio de una escalada de tensión entre Washington y La Habana, esa idea tomó fuerzas, recordó Cecilia. En los comentarios de su blog Segunda Cita, Silvio escribió: “Exijo mi AKM, si se lanzan. Y conste que lo digo muy en serio”. Días después, el 20 de marzo, el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba le entregó una réplica del fusil AKM y un arma de combate.
Esta tarde de encuentro con Cecilia es precedida por semanas en las que Donald Trump endurece su retórica y sus acciones en la región. El 3 de enero de 2026, bombas estadounidenses sacudieron Caracas; en febrero, un ataque unilateral entre EEUU e Israel provoco el martirio del líder supremo iraní Ali Jamenei y derivó en una guerra no provocada que ya se extiende por más de 30 días. “Y Cuba es la próxima”, dijo Trump el viernes.
Hablar hoy de Silvio, de Venezuela y de la isla, desde esta casa modesta de Caracas, no es una casualidad. Hay un telón de fondo que sirve de puente entre Cecilia y Silvio. Ambos pertenecen a una estirpe latinoamericana en la que la canción popular no se separa del destino de los pueblos. En ellos hay una lucha contra la desmemoria, una defensa de lo propio, una manera de plantarse frente al opresor.
Cecilia, como Silvio, lo ha hecho desde la raíz venezolana. Ella dice que un país está en sus cadencias, acentos, giros melódicos e instrumentos humildes, y también en su historia de resistencia. Con el cuatro como arma, desafió el sueño americano con “El Norte es una quimera”, donde advierte que no se trata de una promesa, sino de un espejismo. Desmonta el desengaño y expone la dureza del trabajo, la soledad, la falsedad de la riqueza prometida y la imposibilidad de amar en medio de la hostilidad.
El punto en común entre Cecilia y Silvio es que ambos se niegan a entregar su casa. Sus canciones son belleza, archivo y trinchera. No es casual que en 2024 sus trayectorias hayan vuelto a tocarse en “Serena la luna”, el arrullo que comparten en El alma de mi país. Dos grandes voces de la canción latinoamericana se encontraron en un género íntimo, casi maternal, como si dijeran que, incluso en medio de amenazas y odio, todavía hay algo que debe ser mecido, protegido, acompañado. Frente al odio y a los tambores de guerra, ellos nos ofrecen un arrullo.
En la casa de la autora de Venezuela habla cantando, con Caracas a los pies, se dice una certeza: las invasiones, los bloqueos y las amenazas, no pueden devorar la ternura, y aun menos la historia, la cultura como territorio de fuerza y resistencia. Cuando me despido de Cecilia, me llevo cuatro discos de regalo y la promesa de volvernos a ver. Entonces ella repite la frase, con voz suave pero segura: “La gente, cuando está para encontrarse, se encuentra. En la vida, y en la lucha”.



