Se dice que desde el patio de butacas, o quizás desde el propio escenario, estalló el grito de guerra: ¡Viva Cuba Libre!. La respuesta de los Voluntarios españoles fue brutal. Asaltaron el teatro a machetazos y disparos. No fue una función. Fue el momento en que el teatro cubano dejó de ser solo arte para volverse trinchera.
Esa historia, lejos de quedarse en los libros, late hoy. Porque cada 22 de enero, desde 1980, esa fecha se convierte en escenario para mirar al presente. Y el acto central es la entrega del más alto reconocimiento: el Premio Nacional de Teatro.
Este año, el galardón recayó por unanimidad en el actor Fernando Hechavarría. Un hombre cuyo currículum es un mapa del teatro cubano moderno: casi 20 años con el legendario Teatro Escambray, piedra angular del grupo El Público, y una huella profunda como formador en el ISA. El jurado no premió solo una carrera, sino un compromiso ético con el oficio, una línea directa entre aquel desafío del Villanueva y la reflexión crítica que debe ser el teatro hoy.

Este 22 de enero honramos la fecha y entendemos que no hablamos solo de arte. Hablamos de un grito que se convirtió en escena. De un hecho local en La Habana que definió un carácter nacional. El Día del Teatro Cubano es el recordatorio de que aquí, las tablas han sido, y siguen siendo, un territorio de libertad, resistencia e identidad.
Texto: Emily Peña (estudiante de Periodismo)




