Salíamos de Rusia a Türkiye cuando, dentro del avión en que viajamos, los más jóvenes miembros del equipo de Comunicación de la Presidencia propusieron filmar el diálogo informal que suele producirse cuando el presidente estira piernas, saluda y conversa con sus acompañantes. Así se armó la improvisada conferencia de prensa donde Díaz-Canel nos confesó que se sentía feliz.

Cuando un hombre como él –dígase honesto, sensible y profundamente comprometido con la suerte de un país acosado– se declara feliz, hay que anotar el dato para leerlo a fondo, contrastando ese ánimo nuevo con el de otros días, meses y años en que la pregunta no cabía. Ni siquiera había tiempo para hacerla.

En esa declaración de alegría se puede sentir un extra, ese algo que todos esperamos con más fe que esperanzas desde que el avión de los hermanos venezolanos alzó vuelo sobre La Habana.

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