El huracán Melissa sembró un paisaje desolador en esta instalación. Incluso un mes después, las huellas permanecen: tierra encharcada, estructura desvestida y lonas que cuelgan sin sentido. Una franja marrón a un metro de altura, en las paredes del local socio–administrativo, testifica el nivel que alcanzaron las aguas. Hasta la maqueta que exhibían en los desfiles por el Primero de Mayo tuvo su dosis, y también toca restaurar.
Las casas de cultivo protegido de Veguitas se distinguen por poseer tecnología de punta y enriquecen los suelos con sustrato de materia orgánica, cascarilla de arroz y humus de lombriz, producido en una lombricultura. Las semillas se siembran en bandejas y pasan a un cuarto oscuro, con tiempos específicos según el cultivo: dos días para pepino, cinco para tomate y siete para pimiento.
Luego, se trasladan a la casa de postura, en la que completan su desarrollo antes del trasplante, en periodos que van desde los 15 días para el pepino hasta los 35 para el pimiento. Si es necesario retrasar el trasplante, se aplica sulfato de potasio para frenar el crecimiento aéreo, mientras las raíces continúan desarrollándose.
Cuentan, además, con un sistema de riego por goteo de alta eficiencia que multiplicaba por diez el rendimiento de los cultivos a campo abierto.
LAS PÉRDIDAS
Maikel Estrada Góngora, ingeniero agrícola y jefe del colectivo, recorre con su vista lo que fue un mar de plantas saludables a la vez que señala:
«Los daños que provocó Melissa fueron inundaciones de unos 95 centímetros y afectaciones en 32 casas de cultivo. Teníamos un pepino al que le faltaban alrededor de cinco días para empezar a cosechar. El pimiento ya emitía sus primeros frutos y el tomate, de una variedad desarrollada por ellos mismos, mostraba ya su cuarto racimo.
«Teníamos la campaña montada y hasta las áreas marginales sembradas con berenjena, calabaza. Los niveles del agua acabaron con todo, incluidas las 600 bandejas de tomate y pepino para trasplantar. Todo quedó reducido a 92 toneladas de alimento perdidas», describe.
Vineiri Rodríguez Lores, director general de la empresa agroindustrial Paquito Rosales, de Yara, explica que, en aras de reducir daños, se desmontaron algunas casas para salvar las estructuras; como consecuencia del fenómeno meteorológico, de las 32, solo 18 podrán salvarse porque reemplazar un techo es una operación compleja y riesgosa, que cuando se desmonta acelera el fin de la vida útil de esta tecnología, prevista para tres años, y estas ya tienen cinco.
MANOS A LA TIERRA
Frente a la magnitud de la pérdida, la respuesta de los obreros no se hizo esperar. «Lo primero es montar los techos. Contamos con posturas de tomate, pepino y chile habanero, un producto de exportación, que poco a poco incluiremos en las siembras. Ante la emergencia, sembramos lechuga, un cultivo que a los 27 días se puede consumir y nos puede generar rápidos ingresos», dice Estrada Góngora, mostrando tres casas que ya están preparadas con esta hortaliza, un símbolo de la velocidad con la que deben moverse.
Por otro lado, en la casa de postura se aseguran en bandejas las semillas, que en los próximos días se trasplantarán a los canteros.
«SOMOS GUERRILLEROS AQUÍ»
La recuperación no solo es cuestión de semillas y techos, también es de espíritu. Mayra González, fundadora, con 18 años en la casa de cultivo, lo dice con orgullo: «Nosotros somos guerrilleros aquí. Somos “cuatro gatos” y nos compartimos el trabajo».
Ella, como otros colegas, perdió su tomatera: «Estaba bonita. Cuatro casas de tomate, lindas. Mi orgullo para qué mentirle; y la inundación me las llevó. Ahora vamos a empezar con pepino, a ver cómo nos va…», afirma con una mezcla de determinación y duda.
Mientras las mujeres se enfocan en la siembra, una tarea titánica se desarrolla varios metros sobre el suelo: la reinstalación de los techos.
«Ellos son los únicos que están capacitados para subirse ahí arriba», explica el director. El riesgo de caída y la fragilidad de los techos hacen de esta la parte más compleja.
CICATRICES COMUNITARIAS
El desastre no se limitó a los cultivos. Las aguas del huracán Melissa llegaron a cotas inéditas. Mayra González relata cómo el agua llegó a su casa: «Jamás, en los 35 años que yo llevo aquí, había visto una cosa semejante».
Historias de vecinos subidos a placas y de días sin agua potable pintan el cuadro de una comunidad que fue puesta a prueba.
En la casa de cultivo, aún huele a tierra mojada y a esfuerzo. En el aire se mezclan el susurro del nailon siendo estirado con las risas de quienes se niegan a ser vencidos: «Tira como todo un hombre, chico». Poco a poco las casas herméticas toman forma. Las nuevas lechugas, de un verde tierno, marcan el inicio de la recuperación.
En el interior de algunas casas, aferrándose tenazmente a las guías, sobrevive alguna que otra planta de tomate con flores. Los especialistas consideran inservibles estos brotes, me gusta pensar que simbolizan la persistencia de un colectivo, que se ha empeñado en que el ciclo de la vida no se interrumpa y sus tierras vuelvan a producir.



