
Más allá del poeta vibrante de “Versos Sencillos”, del periodista incisivo y del apóstol de la independencia cubana, José Martí cultivó un terreno literario menos transitado: el drama teatral. Entre sus obras, una destaca por su intención moralizante y tono sombrío: “Adúltera”, un texto apasionado y extraño que desnuda las miserias de la astucia.
Martí no era ajeno a los temas del corazón. En su poesía y prosa, el amor aparece como “delicadeza, esperanza fina, merecimiento, respeto”. Por contraste, en “Adúltera”, estrenada solo para amigos en su juventud, el autor se sumerge en las tinieblas de una pasión que considera destructiva. La trama, un triángulo formado por el marido, su mujer, el amante (que es, para mayor dramatismo, un compañero íntimo) y un testigo.
Su enfoque fue deliberadamente polémico para la época. Mientras otros románticos podían presentar el amor adúltero como una consecuencia “natural” o incluso simpática de pasiones incontrolables, Martí lo despojó de todo romanticismo. Definió la infidelidad sin ambages: “fría, brutal y carnal”. Y así la llevó a escena. Su propósito era claro y lo resume una frase que reverbera como un principio estético y ético: “¡Yo no he querido más que pintar una pasión, en bella forma, con moral objeto!”.

La obra es, por tanto, un ejercicio de ética dramatizada. Martí se introdujo en la piel del marido traicionado para entender y transmitir la devastación de los celos. Esta identificación con el dolor ajeno es la piedra angular del drama.
“Adúltera” no es solo una obra sobre infidelidad conyugal. Es un reflejo de las tensiones morales y las hipocresías de una época, donde las apariencias sociales chocaban con los instintos privados. Martí, con la lupa de su aguda observación de caracteres, expuso la crudeza de un acto que destruye la confianza, la amistad y el honor.
Al final, la pregunta que lanza uno de sus personajes, el amigo, resuena como un eco de desesperanza y, a la vez, de anhelo: “¿Por qué no ha de haber amigos fieles?”. Una pregunta que encierra toda la decepción que la obra retrata.
Hoy, “Adúltera” nos muestra a un Martí distinto: no el estadista, sino el dramaturgo moral; no el cantor del amor ideal, sino el anatomista del sentimiento que se pudre en la mentira. Un autor que usó el teatro no para divertir, sino para iluminar, con luz cruda y sin concesiones, los abismos que el ser humano puede cavar con sus propias manos.
Rubén Darío Salazar Taquechel, en su artículo periodístico “Teatro cubano al reencuentro de Martí” publicado en Cubadebate el 19 de mayo de 2020 escribió sobre José Martí y Adúltera:
“Con apenas 20 años y en España, escribe Adúltera, un drama de almas que incluye el juego del teatro dentro del teatro, y es calificada como una de sus piezas más autobiográficas. Es su obra menos ambiciosa y, paradójicamente, su primer estreno como autor teatral en Cuba, el 26 de abril de 1900, a cargo de un grupo de aficionados, es también su único éxito como dramaturgo disfrutado en vida.”
Texto: Roger Avila Marrero (estudiante de Periodismo)



