En ese esfuerzo se inscribe la primera Campaña Nacional de Vacunación Antipoliomielítica que comenzó el 26 de febrero de 1962, una muestra de la decisión de preservar la salud del pueblo con soluciones prácticas y efectivas, y valoradas por la ciudadanía al proporcionarle seguridad en la vida futura de sus hijos e hijas.
Desde esa cruzada contra la enfermedad hasta las actuales vacunas combinadas, la población del país es hoy una de las más protegidas contra múltiples patologías que Cuba puede mostrar con sano orgullo todos los días y sobre todo cada 24 de octubre, cuando se celebra el Día Mundial contra la Poliomielitis.
Ese mal era endémico hasta el triunfo de la Revolución, el Primero de Enero. Dejaba a unos 300 menores cada año con parálisis, pese a que el continente americano resultó el primero que logró su eliminación.
Cuba tuvo el mérito de ser el primer territorio de la región en hacerlo igualmente.
El hecho de excluir esa grave dolencia del contexto nacional, desde la primera campaña de inmunización, se considera el resultado más relevante de la Salud Pública revolucionaria en el campo de la prevención.
En 1995, Cuba recibió la Certificación de Erradicación de la Poliomielitis por la Organización Panamericana de la Salud (OPS), cuando la entonces directora asistente de la OPS, Mirta Roses Periago, reconoció lo decisivo de la conjugación de los recursos del avance científico-tecnológico, la voluntad política y la concepción del Estado, la participación popular, el modelo ético social del desarrollo, la solidaridad internacional y la cooperación técnica.
Y agregó: “así nació la Primera Jornada Nacional de Vacunación. Su concepción, su ideología, sus instrumentos, y su metodología sacudieron al mundo”.
Otro criterio favorable lo ofreció la Unicef en La Habana en ese momento, que al referirse a este resultado señaló: “se trata entonces de un esfuerzo muy sostenido, jamás abandonado y que, de una manera que hasta es difícil comprender por algunos, se ha consolidado precisamente en los momentos de mayores dificultades y de severas restricciones económicas”.
Para el desarrollo de la campaña se movilizaron unos 100 mil miembros de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), con el propósito de realizar el censo de la población que debía vacunarse. En el espectro de acción se incluyeron a los infantes desde un mes de nacidos hasta los 14 años.
En aquellos tiempos no existía el programa del médico y la enfermera de la familia, por lo cual la participación de los CDR resultó clave, al brindar sus locales para la vacunación; garantizaron el éxito con el apoyo de la Federación de Mujeres Cubanas que trabajó con madres y niños, mientras en zonas rurales colaboró la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños, y no faltó la divulgación en los medios de prensa que movilizó e informó a toda la población.
Esa primera campaña tuvo como objetivo general controlar la incidencia de la enfermedad y, como objetivo específico, inmunizar con dos dosis de vacuna antipoliomielítica (AP) a dos millones 567 mil 803 menores de 15 años, 35 por ciento de la población total del país. Se inmunizaron entonces dos millones 216 mil 022 para una cobertura del 86.2 por ciento.
Varios países participaron en esa primera batalla contra la poliomielitis en Cuba, entre ellos la Unión Soviética, que brindó las necesarias dosis de vacunas, así como la ayuda técnica de Checoslovaquia mediante el doctor Karen Sacek y los Laboratorios de Virología del Instituto de Epidemiología y Microbiología de Praga, donde se efectuaron los primeros estudios serológicos.
La eliminación de la polio, junto a la de la viruela y la fiebre amarilla más de medio siglo antes, fue un resultado a un bajo costo y con notable repercusión social y de alto valor humanístico, sanitario, político, económico y social, al desaparecer el drama humano de muerte e invalidez de centenares de casos cada año.
El ministro cubano de Salud Pública, doctor José Ángel Portal Miranda, destacó que el impacto de esa inicial campaña resultó excepcional, ya que se logró su liquidación en solo cuatro meses e impulsó, además, el proceso de eliminación de la dolencia en la región de las Américas, donde Cuba resultó el primer país de América Latina en declararse territorio libre de poliomielitis.
Aquella operación contra ese padecimiento que afectaba a niñas y niños, marcó la arrancada de un largo y fructífero camino hacia la transformación del cuadro de morbilidad y mortalidad, redujo el número de enfermos y fallecidos por padecimientos prevenibles, para mejorar los indicadores de salud del pueblo.
Junto a la batalla contra esa patología ancestral nació el Programa Nacional de Inmunización (PNI), que devino apuesta temprana a la medicina preventiva, y cuya concepción gratuita, de acceso universal, integrada en el primer nivel de atención y con activa participación comunitaria, permitió alcanzar hoy coberturas superiores al 98 % de vacunación en el territorio nacional, con un elevado nivel inmunitario de la población.
Cuba, después del triunfo revolucionario, ocupó una posición de vanguardia en la vacunación de su población para protegerla, con el esfuerzo creador de sus científicos, como sucedió con la COVID-19 y la creación de salvadoras vacunas que inmunizaron a nuestro pueblo y ayudaron a otros hermanos del mundo.




