
Cada cubano tiene un Fidel. Un Fidel que dista mucho de la imagen de los libros de Historia y del hombre de interminables discursos. Un Fidel íntimo que se forja en el calor de un encuentro casual, en los nervios de una conversación, en el peso de una mano sobre el hombro. Todos, de una u otra manera, guardan un pedazo de aquel hombre en algún rincón de la memoria. Pero hay quienes, sin buscarlo, terminan con un Fidel más grande que el de los demás.
Así es el Fidel de Ivón Gudiña Figueredo, una mujer cuyas raíces están enclavadas en la región oriental. Cuando se le pregunta por su origen, no duda en remontarse a sus padres:
—Mi papá y mi mamá eran de Contramaestre. Nací en Santiago de Cuba. Mi papá trabajaba en la Empresa Cubana del Tabaco, y mi mamá, de noble familia, trabajaba como auxiliar de limpieza en una escuela. Después mi familia se mudó a Bayamo; acá mi padre lo que hacía era limpiar zapatos. Soy de una familia bien humilde.
En medio de esa humildad, criaron a cinco hijos que se hicieron universitarios: un ingeniero, una licenciada en enfermería, un abogado, otro ingeniero mecánico, e Ivon, la menor de todos, que se hizo Optometrista.
Como parte de su profesión, asumió el reto de capacitar al primer contingente de estudiantes salidos de un curso de enseñanza de tres meses en La Habana. Para entonces, ya trabajaba en el terreno, vinculada a los que más la necesitaban: la escuela de niños ambliopes de Bayamo.
—Yo miraba a todo el mundo y las personas estaban con sus cuellos estirados: licenciadas. Yo simplemente era optometrista, pero llegué a ganarme la confianza de esas personas, y un buen día Fidel llegó al aula. Yo estaba de espaldas a la puerta. Era un local muy cerrado, con aire acondicionado, y tú no sabías quién entraba ni salía.
UNA VISITA INESPERADA
—Yo les decía a mis estudiantes: «Aquí puede entrar quien sea por esa puerta, pero ustedes me tienen que estar escuchando y atendiendo a mí». Yo estaba dando clases a un grupo de Guantánamo y Sancti Spíritus. En uno de esos momentos, Fidel llegó y se sentó muy sigilosamente. Yo estaba muy adentrada en mi clase, haciendo una competencia: escuchando, preguntando a los estudiantes qué evaluación le otorgaban al otro, dirigiendo la toma de notas. No estaba al tanto de su presencia. Veía que algunos estudiantes, cuando yo preguntaba algo y me respondían, decían «ujumm», y yo: «Sí, muy bien. Tomen nota, ¿qué puntuación le dan ustedes?…
«No me percaté de su presencia, estaba muy imbuida en mi clase. Al cabo de un rato siento que me ponen una mano pesada en el hombro y me dicen: «Hay qué lindo. ¿De dónde tú eres, guajira?». Yo hice así…lo miré. Miren, señores, a ver, lo que sentí, no sé, no sabía, porque eso es una cosa que tú no esperas. Los estudiantes, los profesores, todo el mundo quedó en vilo.
Fue una cosa muy bonita. Pero la conversación no quedó ahí. Me dijo: «Ven acá, guajira, ¿de dónde tú eres?». Y yo hice así, le dije: «A ver, ¿de dónde nací o de dónde soy?». Dice: «Ah, porque naciste en un lado y eres de otro». Digo: «Yo sí, a ver. Yo nací en Santiago de Cuba y actualmente vivo en Granma». Dice: «Tú eres la persona que yo estaba necesitando».
Aquella conversación fue larga, y quienes se enteraban de su presencia en el aula estaban en las afueras, a la expectativa. Adentro eran estudiantes, profesores, todos expectantes. Lo primero que me preguntó fue: «¿Has visitado la casa de Carlos Manuel de Céspedes?». Le dije que sí, cómo no, y también había estado en la iglesia católica por donde comenzó el incendio de Bayamo, y me dijo: «Ya». Y me dijo: «A ver, dime una cosa: ¿cuál museo te gusta más en Santiago de Cuba? ¿Has ido?». Le dije: «Sí, incluso le voy a decir una cosa: desde el sexto grado hasta el décimo lo hice en el 26 de Julio» —refiriéndose al antiguo cuartel Moncada, devenido escuela con el triunfo de la Revolución.
El Comandante me dijo: «Necesito que me ayudes con unos muchachos que también se van, pero por problemas de tiempo, de esto, de lo otro…».
«Cuando supe que me designaron para impartir unas clases a unos muchachos que trabajaban en el Consejo de Estado, me quedé asombrada, porque yo era la única que no estudiaba una Licenciatura. Yo digo que él me designó porque sintió aquella energía en el aula, que yo llegaba a los estudiantes.
«Cuando aquel hombre, con su estatura gallarda, me puso la mano en el hombro, yo me veía así chiquitica. Tenía 41 años».
Cada uno tiene un Fidel. Para Ivón, lo que quedó grabado fueron dos cosas: «su inteligencia y su bondad. Fidel es una persona muy inteligente y observadora. Él sabía de todo y aprendía de todo. Cuando tú hablabas, te escuchaba. Si tú te sentías segura, él te preguntaba, pero si no, solo te escuchaba».
Y rememora una anécdota que revela el ambiente distendido. Fidel preguntó solo una cosa en el aula: «Bueno, ¿y por qué es que hay más mujeres que hombres?». Y todos se rieron. Un muchacho de Guantánamo contestó: «Bueno, porque las mujeres siempre nos superan en todo». Todo fue muy lindo.
«Cuando él se fue, el aula se convirtió en un mar de emociones a flor de piel. Llorábamos, nos abrazábamos. No te sé explicar. Eso fue increíble. Muy, muy increíble. Es imposible describir esa experiencia; hay que vivirla».
Todavía, cuando narra aquel emotivo encuentro, los ojos se le empozan de lágrimas. Probablemente todavía sienta el peso de aquella mano sobre el hombro y el sonido de aquella voz grave que le preguntó de dónde era aquella guajira.
Lamentablemente Ivon no guarda una foto del momento, pero lleva en sí al Fidel que cada cubano anhela tener: ese que dialoga, interroga, escucha y reconoce en el otro la chispa de lo que puede ser, de lo que puede dar. Desde entonces, sus días se han convertido en eco de aquella conversación; por eso no ha dejado de entregarse a esta profesión, donde también ha dejado huellas en la escuela especial Ernesto Guevara de la Serna, de Bayamo; en el Policlínico Tipo 3 de la Ciudad Monumento Nacional; y, más recientemente, en un curso de Optometría que imparte a mujeres de la Casa de Orientación a la Mujer y a la Familia, de Bayamo.




