Haydée: memoria viva de la Federación

Testimonio de Haydée Ramos Pérez, federada y funcionaria de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) en Santiago de Cuba y Granma, testigo y protagonista de seis décadas de historia de esta organización.

Cuando Haydée Ramos Pérez (Chachita) evoca sus años en la Federación de Mujeres Cubanas, siente que no habla de una organización, sino del hogar que la vio crecer y que fue entrelazando su vida y la de tantas mujeres.

—Es difícil encontrar las palabras precisas para transmitir lo que significa para mí la FMC y lo que vivimos en su momento fundacional, pero intentaré hacerlo con la misma pasión con la que viví cada una de aquellas jornadas.

Todavía no había cumplido los 14 años cuando realmente me incorporé a la organización. Recuerdo que tenía una vecina que me llevaba con ella a todas las actividades a las que iba. Así, casi sin darme cuenta, fui entrando en aquel universo que luego sería el centro de mi existencia. Al principio éramos niñas, pero ya trabajábamos en la primera campaña de apoyo a la poliomielitis: hacíamos el censo, repartíamos los caramelitos… y así nos íbamos a las diferentes actividades de la agricultura con las federadas mayores.

Cuando cumplí los 14 años, ya estaba familiarizada con el quehacer de la FMC. A partir de ahí empecé a ocupar cargos en las delegaciones. En aquel tiempo no existían los bloques de la federación, solo delegaciones muy extensas. Nosotras, las más jóvenes, éramos como las hormiguitas que recorrían esa gran extensión: citábamos a las federadas, cobrábamos la cotización y nos sumábamos a diferentes actividades.

La tarea más hermosa y, a la vez, más difícil que nos tocó en aquella etapa fue la incorporación de la mujer al trabajo y al estudio. No era simplemente ofrecer oportunidades; era transformar mentalidades que venían de generaciones enteras. Visitábamos a las mujeres jóvenes en sus casas para tratar de convencer a los padres, porque a veces ellos no querían que la muchacha estudiara ni se incorporara al trabajo. Recuerdo aquellas caminatas por los barrios, tocando puertas, sentándonos en las salas modestas de familias humildes, explicando qué era la Federación de Mujeres Cubanas. La gente no conocía aquella organización recién creada por Vilma y por Fidel, y nosotras teníamos que explicarles que era para luchar porque las mujeres tuvieran un lugar en la sociedad.

También las comprometíamos para ser brigadistas sanitarias, y después llegaban las becas que nos entregaban en la base para captar a las muchachas y que se incorporaran a la escuela de enfermeras o a la escuela de maestros. Por esa vía incorporamos a muchas muchachas a la escuela de enfermeras de Santiago. Así, poco a poco, fuimos construyendo no solo una organización, sino el futuro de tantas mujeres —describe.

Cuando surgieron los círculos infantiles, fue otro gran desafío. No había conciencia en aquellos momentos de cómo iban a funcionar, del cuidado de los niños, del avituallamiento, de la alimentación. Todo eso parecía un sueño imposible. Pero la Federación hizo mucho trabajo con los organismos para que apoyaran la tarea.

En aquellos tiempos nos movilizábamos mucho para la agricultura: para la caña, el café… En Santiago había zona sembrada de pangola, alimento para el ganado que andaba deficitario, y allí nos movilizábamos las mujeres, fundamentalmente para la pangola. Recuerdo una ocasión en que nos enviaron para San Luis. Allí había una situación difícil: tres trimestres sin entrar la cotización, las revistas Mujeres amontonadas. Nos distribuimos, vendimos revistas y fortalecimos las delegaciones, los bloques, y nombramos las brigadas sanitarias. Así, sin más, nos pasamos casi quince días por toda esa zona, durmiendo donde nos acogía la noche, a veces dentro del cañaveral.

Ahora me pongo a pensar en eso y digo: “¿Y esa fortaleza que teníamos?”. Éramos muy jóvenes también, nadie decía que no. Había que ir para la caña, pues para la caña. Había que ir para el café, pues para el café. Y lo hacíamos con una dedicación tremenda. Yo me llevaba a mis hijos en vacaciones a sembrar caña en Río Cauto. No tenía familia aquí en Bayamo, y no podía dejarlos. Guillermito, mi hijo, se iba conmigo a los albergues. Karelia, mi hija, era asmática y no podía ir; la dejaba con las cocineras o con alguna compañera. Y así vivíamos. Éramos una red de mujeres, un tejido que nos sostenía unas a otras.

Aunque trabajábamos de madrugada y llegábamos tarde, nunca descuidamos la educación de nuestros hijos. Eso lo aprendimos en la Federación, porque nos lo exigían.

En esos años Vilma venía mucho a Granma, creo que era una de las provincias que priorizaba en sus visitas. Tuvimos la oportunidad de reunirnos muchas veces con ella en la sede de la Federación. Vilma siempre estuvo al tanto de los problemas de la organización, pero también de los cuadros, de su familia. Era una persona muy sensible, muy exigente, pero muy sensible ante cualquier problema.

Recuerdo una historia que la define. Un par de niños que vivían en Pilón: la madre los dejó con el padre y él los maltrataba. Vilma llegó en una ocasión, se lo comentamos, y ella nos hizo ir a Pilón a recoger a esos niños. Los trajimos para el hogar de niños sin amparo parental. Y Vilma les dio seguimiento desde que entraron hasta que salieron del hogar. Esa era Vilma: no solo una dirigente, sino una mujer que se comprometía con cada historia humana.

También tuve la oportunidad de estar en los congresos de la organización y tener a Fidel tan cerca. Para nosotras fue muy emocionante. Eran momentos que quedaban grabados en el corazón —rememora.

Durante los años del Período Especial, las mujeres supieron estar unidas para resolver los problemas. La Federación abogó por crear organopónicos, por incorporar a las mujeres a esa tarea porque hacía falta buscar alimento. La mujer se creció: buscaba salir adelante como fuera, ya sea lavando las ropas de los muchachos para la escuela, cosiendo uniformes, creando talleres para hacer zapatillas… Se recogía ropa y se repartía, sobre todo en la zona rural, donde había tanta escasez. Y se fue compensando todo. Las mujeres fueron saliendo adelante en el Período Especial porque se creó mucha unidad y existía aquello de compartir lo que una persona tenía con la otra.

Para mí, la Federación fue lo mejor que me pasó en la vida. Yo crecí en ella, aprendí, eduqué a mis hijos con un sentido del deber y valores tan positivos. Te digo con toda sinceridad: yo me realicé en la Federación de Mujeres Cubanas. Para mí fue mi casa. Fuimos un equipo, éramos como una familia. Fue una etapa de mucho trabajo, de mucha consagración, pero al mismo tiempo nos sentíamos satisfechas con lo que hacíamos. Pasábamos trabajo: muchas veces nos íbamos para los municipios haciendo botellas, sin carro, pero llegábamos a Pilón, a Buey Arriba, a Bartolomé Masó. Resolvíamos lo que íbamos a resolver, y luego hacíamos botellas de nuevo para regresar. Lo hacíamos con mucha dedicación.

De cara al Centenario del nacimiento de Fidel, y en los 66 años de la organización, me siento más comprometida que nunca con la Revolución y con esta organización. La mujer cubana en estos tiempos es una mujer diferente, una mujer que se ha empoderado de todo lo que ha aprendido, y es el puntal de la Revolución. Sin las mujeres al frente de las tareas que pusieron en sus manos, la Revolución no hubiese podido salir adelante —asevera.

Para Haydée, la Federación no fue solo una organización en su vida; fue su vida misma, el telar donde tejió sus sueños y los vio florecer en las manos de tantas mujeres.

Anaisis Hidalgo Rodríguez

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