
El estruendo tras el impacto de la bomba ya no le aturde tanto, aunque el temor permanece. Conoce bien lo que la guerra le puede causar. Sabe, con cada detonación, que se acercan. Entre escombros de lo que alguna vez fue su ciudad, se arrastra.
Escapar de las explosiones es cada vez más difícil. Lo que con dos piernas fue casi una hazaña, con una o sin ninguna de ellas, parece una condena. Solo es casi imposible, acompañado resulta un martirio, atrasa y expone a diversos peligros a quien le ayude.
Así viven unos 10 000 niños y niñas en Gaza: con amputaciones, lesiones de las extremidades y daños en la médula espinal y el cerebro, a consecuencia del prolongado conflicto bélico con Israel, según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
En ese sentido, el organismo estima que desde octubre de 2023 –cuando se retomaron las hostilidades– se han producido más de 5 000 amputaciones de extremidades. De esas operaciones, una de cada cinco ha tenido como pacientes a una niña, niño o adolescente.
Sobre tales estadísticas la Unicef afirmó que Gaza registra la mayor cantidad de menores amputados per cápita a nivel mundial. No es un récord que cualquiera con «algo» de humanidad en su alma querría ostentar. Lo que se está mutilando es el futuro.
Al respecto, la OMS ha señalado que más de 50 000 lesiones relacionadas con los enfrentamientos armados en el enclave costero requieren rehabilitación a largo plazo, y ninguna instalación con esos fines se mantiene funcional en su plena capacidad.
En ese contexto, una noticia se hace eco en distintos medios: Más de 900 sillas de ruedas destinadas a niños palestinos con amputaciones, lesiones neurológicas y otras discapacidades, permanecen almacenadas en Jordania, después de que las autoridades israelíes impidieran su entrada a la Franja.
De acuerdo con las noticias difundidas por medios locales, se trata de dos cargamentos de la organización australiana Kids on Wheels Alliance, que llegaron a Jordania en febrero de 2025. Entretanto, en octubre del propio año arribó un tercer envío, de parte de Wheelchairs for Kids, desde Australia Occidental.
Los dispositivos –imprescindibles para los pequeños con severas dificultades de movilidad– se encuentran almacenados en instalaciones administradas por la Organización Benéfica Hachemita de Jordania, en lugar de cumplir su función más elemental: mejorar la calidad de vida de los menores y devolverles un mínimo de dignidad a ellos y a sus familias.
En una investigación publicada por The New Arab, el activista australiano Mohammad Helmy explicó que las sillas fueron construidas a mano por voluntarios australianos y adaptadas para que los niños amputados puedan desplazarse por calles destruidas.
«Atrapar el equipo de movilidad en los almacenes mientras los niños se arrastran a través de los escombros no es una medida de seguridad, es una política deliberada de castigo colectivo y destrucción total dirigida contra el pueblo palestino», remarcó.
En últimos tres años la guerra sigue sumando cifras de niños lesionados. Las secuelas sicológicas aumentan, permanecen; los daños físicos se acrecientan. La ayuda humanitaria se estanca, el deterioro de las instalaciones sanitarias crece con cada bomba, y así, se reducen las oportunidades de atención y de vivir de millones de personas, entre ellos, menores de edad.
Mientras el sionismo hace de las suyas a costa de un genocidio burocratizado, la Unicef ha dado a conocer que más de 11 000 niñas y niños en Gaza han sufrido lesiones que podrían cambiar sus vidas. Están las estadísticas, los dispositivos enviados a los menores y las denuncias. ¿Qué falta, además de sus extremidades? El humanismo, el respeto a las leyes universales y elementales de derechos humanos.



