Su ausencia, causada por complicaciones asociadas a la Covid-19 a los 72 años, dejó un vacío en la música cubana, sin embargo, el legado que forjó en más de cuatro décadas de carrera perdura como una de las columnas vertebrales de la cultura popular de su tierra.
Sin renunciar a las raíces tradicionales, el Premio Nacional de Música incorporó armonías contemporáneas y arreglos que revitalizaron el género para nuevas generaciones.
Esta habilidad para ser moderno sin perder la esencia lo convirtió en el sonero cubano más versionado en el ámbito latino de las últimas tres décadas.
Su trayectoria como director de orquesta es un capítulo esencial en la historia del son, unido a sus dotes excepcionales como pianista y compositor.
Fundó dos agrupaciones que se convirtieron en gigantes de la música bailable cubana: el conjunto Son 14, en 1978, que revolucionó el panorama con una sonoridad fresca, y Adalberto Álvarez y su Son, creada en 1984, con la cual profundizó en su estilo y mantuvo una conexión inquebrantable con el público por casi 40 años.
Del prestigioso formato nacieron álbumes que guardan éxitos como Canción para mamá Rosa, El mal de la hipocresía, El son de la madrugada, En casa de Rosa Zayas, Gozando en La Habana, Mamaíta no quiere, Mi linda habanera, Para bailar casino, Y qué tú quieres que te den, entre otras.
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Gracias a su virtuosismo conquistó varios reconocimientos y otros grandes artistas inmortalizaron sus composiciones: Oscar D’ León, Roberto Roena, Andy Montañez, Juan Luis Guerra, Justo Betancourt y Gilberto Santa Rosa figuran en ese catálogo.
Quizás el mayor de sus premios sea el cariño y la admiración nacida de su vocación de creador. Adalberto Álvarez vuelva a escena hoy, porque hay estrellas que no mueren, nacen para ser inmortales en la música y en el pueblo de Cuba.




