Asalto al Cuartel de La Plata: La primera gran victoria

Una de las principales preocupaciones del líder guerrillero Fidel Castro Ruz, en actitud beligerante en la Sierra Maestra, era destruir la sarta de mentiras propagada por el negociado de prensa del Ejército Nacional sobre su supuesta muerte y el exterminio de los expedicionarios del yate Granma, tras su desembarco por las costas de Niquero, el 2 de diciembre de 1956.

Aunque la tropa era pequeña, apenas una treintena de hombres, y con escasas armas automáticas y unas pocas balas, decidió atacar algunos de los cuarteles militares situados en la costa sur.

El 10 de enero de 1957, celebró una junta de Estado Mayor, en el campamento de lomas de Caracas, cerca de San Lorenzo. Allí se escogió el cuartel puesto cerca de la desembocadura del río La Plata, en la vertiente sur de la Sierra Maestra. En la selección tuvieron en cuenta que solo tenía unos 15 soldados.

Tres días después, salieron hacía su destino, con la convicción de vencer o morir. El guía a través de los trillos de las lomas y bosques fue el luchador campesino de la zona Eutimio Guerra.

LA TÁCTICA EMPLEADA

En el trayecto los guerrilleros observaban las casas quemadas y las siembras arrasadas por los mayorales de la compañía del latifundista y representante Delio Núñez Mesa, sucesor de Beatti, quien alegaba ser el dueño de todas aquellas tierras. La principal motivación era explotar sus extensos bosques de maderas preciosas. Los mayorales se encargaban de maltratar a los campesinos y lanzarlos al camino real.

El día 14, en la tarde, hicieron alto en el cañón del río Magdalena, donde hicieron algunas prácticas de tiros. Por vez primera en sus vidas, algunos de los 14 campesinos incorporados, tiraron con fusiles semiautomáticos.

A la tarde siguiente, desde Ceiba del Agua, avistaron el cuartel de La Plata, una casa forrada de tablas y techo de zinc, a poco más de un kilómetro de distancia, en medio de un llano costero. En ese momento contaba con 12 soldados, cinco de la compañía D y cinco de la Marina, al mando del sargento Walter Medina.

A través de los fusiles de mira telescópicas observaban bien todos los movimientos de los militares en las dos dependencias. La presencia de un guardacostas, obligó a diferir la fecha del asalto.

El 16 enero, a la 6:00 de la tarde, una vez marchado el cañonero, Fidel decidió el ataque y avanzaron hasta cerca de la posición enemiga.

Una vez en el camino, detuvieron a algunas personas, los que le informaron que por ese lugar debía pasar el mayoral de la finca El Macho, Tomás Osorio (Chicho), quien estaba en el cuartel compartiendo con los militares. Era notorio que había asesinado a algunos campesinos y maltratados físicamente a otros. Era el responsable, junto a otros dos mayorales, de los desalojos de campesinos a favor de los intereses geófagos de Delio Núñez.

Cerca de las 10: 00 de la noche, Chicho avanzaba montado en una mula, siendo detenido y desarmado. Le ocuparon un revólver 45 y un cuchillo. Andaba con una botella de coñac y estaba prácticamente borracho.

Fidel se hizo pasar por coronel de un grupo especial del Ejército batistiano, que venía a comprobar la disposición combativa de las tropas en operaciones. En su desfachatez el hombre confesó haber llevado a cabo varios crímenes en la zona, sobre todo de los simpatizantes de Fidel Castro. Incluso traía puestas unas botas mexicanas de un expedicionario del yate Granma.

Deseoso de ganar simpatías ante el supuesto “coronel” del régimen, planteaba que si encontraba a Fidel Castro lo mataba como a un perro y que a Crescencio Pérez lo echaría en una paila de aceite hirviendo.

Fidel le preguntó los mejores puntos para avanzar hacia el cuartel sin ser vistos y de esta manera darles una lección de la necesaria vigilancia y disposición combativa.

En uno de sus relatos de la guerra, Guillermo García Frías, contaba que Chicho Osorio sirvió de guía hasta cerca de cuartel. En tal sentido señaló: “Fidel lo convenció de que la maniobra se trataba de un ataque simulado y de que se dejarse atar las manos a la espalda”.

Sin protestar, el mayoral los condujo por unos trillos que los colocó a unos 50 metros al oeste del cuartel, teniendo a su derecha la espaciosa casa del mayoral Horacio Olazábal, donde dormían algunos militares.

A las 4: 00 de la madrugada, Fidel dejó a Julio Acosta (Zenón), Daniel Motolá, Nango Rey y Eduardo Castillo (Yayo), en un cayo de anacahuitas, a cargo de Chicho Osorio, con la orden de ajusticiarlo tan pronto comenzara el tiroteo.

FUEGO AL AMANECER

El ataque empezó a las 2: 40 de la madrugada, con el fuego de una ametralladora Thompson accionada por Fidel. Entre disparos y arengas para lograr su rendición, la acción se extendió por media hora.

Universo Sánchez lanzó dos granadas brasileñas pero no explotaron. Luis Crespo y Ernesto Che Guevara hicieron lo mismo con las suyas y tampoco estallaron. Raúl Castro tiró una dinamita sin niple, las que estallaron con leves detonaciones.

Deseoso de terminar rápido, Fidel ordenó quemar las casas donde estaban los batistianos. En medio de la balacera avanzó Universo, pero regresó sin lograrlo. Camilo Cienfuegos participó en la riesgosa misión y volvió sin éxito. Por fin, Luis Crespo logró quemar un rancho cercano.

A la luz de las llamas, volvió a pedirse la rendición de los soldados. Esta vez gritaron que se rendían, pero al mismo tiempo tres salieron de la casa de Olazabal echaron a correr hacia la costa. Luis crespo logró herir a uno y le quito el arma, mientras los otros escapaban.

Ernesto Che Guevara narraba: “Camilo entró primero, por nuestro lado, a la casa de donde llegaban los gritos de rendición…”.

Los rebeldes no tuvieron ninguna baja. Del enemigo dos murieron, cinco resultaron heridos y dos se dieron a la fuga, el sargento Medina y el mayoral Olazábal.  Ocuparon una carabina M-1 con un peine, una ametralladora Thompson con 150 tiros, nueve fusiles Springfield con mil tiros, cuatro cuchillos comandos, ropa, botas, mochilas, cantimploras y comida.

A los prisioneros se les dejó en libertad y se le entregó medicinas para curar a los heridos.  A ellos Fidel expresó: “Los felicito. Se han portado valientemente”. Al cuartel y la casa del mayoral Olazábal se le prendió fuego.

La retirada fue hacia Palma Mocha a las 4: 30 de la madrugada.

Por primera vez hubo en la tropa tantas armas como hombres, y por primera vez se empezó a cumplir en la práctica el axioma guerrillero de nutrirse con las armas arrebatadas al enemigo.

Después del revés de Alegría de Pío, una victoria rebelde a poco más de 40 días del suceso, venía a significar la resurrección de los supuestos muertos, la marca de la rebeldía en la Sierra Maestra.

Al valorar la importancia del ataque al cuartel de la desembocadura del río La Plata, Guillermo García, reflexionaba: “El ataque constituyó una verdadera victoria, tanto por el valioso botín de guerra (diez fusiles y balas), como por el gran significado que tuvo en la formación del Ejército Rebelde”.

Por su parte, Raúl Castro anotó en su diario, una imagen simbólica muy elocuente: “Desde lejos, se veían arder sobre los cuarteles de la opresión, las llamas de la libertad. Algún día no lejano sobre esas cenizas levantaremos escuelas”.

LA CONTINUACIÓN DE LA REBELDÍA

En el camino encontraban decenas de campesinos que bajaban hacia la costa, con todos sus familiares, porque la guardia rural y los mayorales de Delio Mesa informaban que iban a bombardear todo ese sector. Era el pretexto adecuado para desalojarlos de sus tierras y satisfacer las desmedidas ambiciones del cacique de Media Luna.

El 19 de enero, previendo que alguna tropa batistiana saliera tras sus huellas,  Fidel ordenó preparar una emboscada en el punto conocido como Infierno de Palma Mocha y que el Che Guevara bautizó como Llanos del Infierno.

La Demajagua

Comparte si te ha gustado
Scroll al inicio