Estar a la altura del legado del 20 de Octubre no es una condición que se conquista de una vez y para siempre. Cada generación debe encontrar cómo merecerlo: en las obras que crea, en la memoria que transmite, en los valores que cultiva y en su capacidad para hacer de la cultura una experiencia compartida.
La interrogante —¿está realmente la cultura cubana actual a la altura de ese legado?— conduce tanto al reconocimiento de lo preservado como al examen de las responsabilidades presentes.
Daniel Ross Diéguez (Darodes), realizador independiente, responde desde esa exigencia: «Yo creo que estar a la altura de ese legado es un desafío permanente».
La expresión encuentra una clave de lectura en Fernando Ortiz, para quien la pertenencia no podía explicarse únicamente por el nacimiento, la ascendencia o los documentos: «La cubanidad para el individuo no está en la sangre, ni en el papel ni en la habitación. La cubanidad es principalmente la peculiar calidad de una cultura, la de Cuba».
En ese pensamiento, la cubanía incorpora una dimensión consciente y voluntaria: «Son precisas también la conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser». No basta, entonces, con recibir una herencia. Importa conocerla, asumirla y participar en su continuidad.

UNA RESPONSABILIDAD MÁS ALLÁ DEL ARTE
Darodes sitúa el alcance del desafío en una concepción de la cultura que desborda las manifestaciones artísticas y literarias. «Si asumimos que la cultura es el sostén espiritual de la nación, tenemos que darnos cuenta de que sin cultura es imposible un proyecto de nación», afirma.
Desde esa perspectiva, estar a la altura del legado compromete no solo a quienes escriben, pintan, componen o actúan. También involucra las maneras de educar, convivir y transmitir ese acervo espiritual en el que una comunidad reconoce lo que ha sido y lo que aspira a ser.
Darodes insiste en la dimensión cultural de las transformaciones revolucionarias. A su juicio, hablar de la Revolución cubana exige reconocer también una revolución en ese ámbito, vinculada con la consolidación de «las esencias mismas de la patria».
Su respuesta no presenta el legado como una tarea concluida. Lo devuelve al presente como una exigencia para quienes hacen y sostienen la cultura.
LAS RAÍCES QUE SOSTIENEN
Ernesto Limia Díaz, historiador y licenciado en Derecho, responde afirmativamente a la interrogante, pero no lo hace al margen de las dificultades actuales. Su valoración parte, precisamente, de reconocer el sufrimiento y las privaciones actuales.
«Lo que nos mantiene vivos, peleando, a pesar de tanto sufrimiento, es la fuerza de una cultura en la que identifico raíces americanas y africanas, una vocación de justicia universal y, como pilar fundamental, la justicia».
Su reflexión dialoga con otra expresión de Ortiz: «La cubanía fue brotada desde abajo y no llovida desde arriba».
La pertenencia aparece así vinculada con la experiencia del pueblo, con quienes hicieron de esta tierra un arraigo y de su historia una responsabilidad propia.
En esa relación entre cultura y vida colectiva, Limia concede un valor decisivo al vínculo de los creadores con la población: «Sin el arte, sin la literatura, sin el contacto emocional ese de nuestros creadores, de nuestros intelectuales con nuestro pueblo, yo creo que nos hubieran hundido ya. No hubiéramos resistido tanto».
No habla solamente de las obras, sino de lo que ocurre entre ellas y sus destinatarios: el reconocimiento, la emoción y la posibilidad de encontrar en una experiencia artística una razón para sostenerse.
PRESERVAR NO ES INMOVILIZAR
«Cuba es un ajiaco», expresó Ortiz. Su metáfora permite pensar la identidad desde la diversidad de sus componentes, pero también desde su transformación: «Lo característico de Cuba es que, siendo ajiaco, su pueblo no es un guiso hecho, sino una constante cocedura».
Leída desde las preocupaciones actuales, esa imagen advierte que defender la cultura no equivale a inmovilizarla. Una herencia permanece viva cuando puede ser conocida y recreada; cuando las nuevas generaciones encuentran en ella no solo un motivo de orgullo, sino también un espacio para expresarse.
Limia identifica en la síntesis de las raíces culturales y de las luchas sociales y políticas una pieza fundamental del patrimonio espiritual de la nación. Frente a lo que describe como barbarie, coloca una respuesta: «la espiritualidad».
«Yo creo que sí estamos a la altura», concluye.
La afirmación de Limia y el desafío permanente señalado por Darodes no se excluyen. Una reconoce la fuerza de lo que ha permitido resistir; el otro recuerda que ninguna conquista cultural queda asegurada por su sola existencia. Entre ambas miradas, Ortiz aporta una exigencia perdurable: hacer de la pertenencia un acto consciente.
Honrar el 20 de Octubre, Día de la Cultura Cubana, supone, desde esa lectura, algo más que celebrar una fecha: mantener abierto el vínculo entre memoria y creación, entre cultura y pueblo, entre la patria recibida y la que todavía corresponde construir.




