Tres meses atrás había sido depuesto del cargo de Presidente de la República de Cuba en Armas, en una conjuración realizada por una facción de la Cámara de Representantes, en el campamento militar de Bijagual, en la entonces comarca de Jiguaní, bajo los cargos injustos de emplear métodos dictatoriales, nepotismo y tener maneras aristocráticas.
Triunfó el perjurio, la insidia y la traición, disfrazada de legalidad, contra el decoro y los relevantes méritos del iniciador de la epopeya independentista y de la única Revolución cubana, el 10 de octubre de 1868, en su ingenio Demajagua. A pesar de las adversidades, Céspedes no perdió la cordura ni se dejó extraviar por los rencores.
Por lo menos, hubo cinco momentos cumbres en su conducta revolucionaria que lo colocaron por encima de sus enemigos políticos y tunantes de Bijagual. En primer lugar, la lucha permanente por salvar la unidad en las filas patrióticas, incluso la de evitar una posible guerra fratricida por el control de los poderes político y militar de la insurrección.
“Me he inmolado ante el altar de mi patria en el templo de la ley. Por mí no se derramará sangre en Cuba”, escribió a su esposa Ana de Quesada, exiliada en los Estados Unidos. Y, hombre recto y visionario agregó: “Mi conciencia está tranquila y espera el fallo de la Historia”.
En segundo lugar, tuvo presente la posibilidad de anular legalmente el acuerdo del grupito cameral que llevó adelante la deposición. Como jurista de agalla sabía que no habían actuado acorde a las leyes.
Una y otra vez, denunció la ilegalidad de aquel golpe de Estado. “Es anulable”, decía, con lo que afirmaba la línea del artero zarpazo político. Más que todo, primó la interpretación de la ley, no la ley en sí misma.
En tercer lugar, cuando llega a San Lorenzo encuentra buenas amistades, gente que lo admiraba. Algunos lo bautizaron como “El Presidente viejo” y, otros, como “El amo de la guerra”.
En uno de los bailes organizados en su homenaje, una negra liberta lo sacó a bailar llamándole “mi presidente, mi amo”. Con la modestia que le caracterizaba le contestó públicamente: “Hija, yo no soy tu amo, sino tu amigo, tu hermano”.
En cuarto lugar, ese trágico día, jugó su última partida de ajedrez, con el médico mambí y paisano, Pedro León Maceo Chamorro.
Luego, con letra precisa y clara, anotó en su diario los principales rasgos políticos y morales de los ocho diputados que firmaron el acta de Bijagual. Alertaba sobre los peligros de que la Revolución estuviera en manos de hombres de aquel empaque.
Llama poderosamente la exactitud de sus consideraciones políticas y la consecución de sus vaticinios, porque en 1878 el proyecto revolucionario murió, sobre todo, por las divisiones, el regionalismo y los conflictos personales.
Y, en quinto lugar, aún se discuten las hipótesis de cómo los españoles descubrieron su último paradero y si fue encontrado gracias a una delación o un hecho fortuito. Mucho se ha escrito a favor de la preparación de una operación militar para su captura vivo y de la sucesión de varios factores adversos para su muerte en el desigual combate de San Lorenzo.
No hay ninguna duda de que luchó hasta el final. Incluso desoyendo las voces que lo conminaban a rendirse. Y que, el sargento español Felipe González Ferrer, se encimó demasiado y le disparó con su fusil Remington en el pecho, justo en el corazón.
El valioso encuentro con la vida de Céspedes revela una obra gigantesca en bien de la nación cubana, al compás de la palabra y la acción. No fue perfecta, como el mismo señaló una vez, pero que la realizaba con buena fe, sin hacer daño a nadie, solo pensando en la conquista de la independencia, la libertad y la soberanía de Cuba.




