Debe ser la espuela que impulse a sus hijos a ser mejores personas, mejores seres humanos y trabajadores; quien enseñe, desde las raíces, el amor a la Patria.
Una madre educa con el ejemplo: comparte, agradece, respeta y perdona, mostrando que la grandeza está en los pequeños gestos cotidianos.
También ha de ser el silencio que escucha sin juzgar, la luz que guía sin imponerse, la calma que sostiene cuando todo parece derrumbarse.
Es la memoria que atesora los logros y disculpa los errores; la presencia que no siempre se ve, pero que siempre se siente. Porque una madre no solo da vida: esculpe con paciencia el alma de quienes algún día volarán lejos, sabiendo que siempre habrá un abrazo esperando en casa.




