Por eso hoy conviene recordar el juego Cuba-Suecia que ocurrió en la III edición de los Mundiales de fútbol, la de Francia 1938, única de la mayor de las Antillas en una lid balompédica del orbe.
La selección antillana asistió como invitada y debutó con empate a tres goles con su similar de Rumanía, a la que luego venció 2-1 en partido de desempate, antes de caer en cuartos de final ante Suecia por contundente goleada de 0-8.
Cuba no ganó el pasaje directamente porque el área de Norte, Centroamérica y el Caribe tenía un solo boleto y había sido ganado por México, pero por dificultades económicas los mexicanos no asistieron.
Los cubanos arribaron a Francia en el transatlántico Reina Isabel, alquilado con el apoyo de la Federación y las sociedades privadas españolas, de cuyos clubes provenían los jugadores, pues al gobierno poco le interesaba el fútbol.
Los isleños debutaron ante Rumanía el 5 de junio y tras el empate 3-3 cambiaron el portero para su siguiente encuentro, y utilizaron al suplente Juan Ayra en lugar de Benito Carvajal.
Sin embargo, pese a que Ayra estuvo inmenso y se ganó elogios incluso del legendario guardameta español Ricardo Zamora, el DT José Manuel Tapia acostumbraba a rotar a sus cancerberos y volvió a la banca.
Los suecos estaban más descansados, pues habían logrado su clasificación con anterioridad, y el 8-0 que les propinaron a los representantes de la mayor isla del Caribe fue el más abultado de esa Copa.
En ese partido los suecos Tore Keller y Gustav Wetterstrom anotaron un ‘hat trick’ cada uno, la única vez en que dos compañeros han conseguido esa hazaña en un solo juego.
No obstante, por primera vez un equipo del área centroamericana lograba ubicarse entre los ocho primeros en un Mundial de fútbol de mayores, algo que solo consiguieron mucho después México y Costa Rica.




