Portafaroles para la ciudad más recorrida de Cuba

La belleza intrínseca de la capital cubana, La Habana, se respira hoy en cualquier sitio, y si de piezas antiguas se trata, en la parte añeja existen muchos portafaroles sumamente interesantes.

Foto: Roberto F. Campos

Este atractivo es al margen de suciedades y problemas económicos a flor de piel en una urbe muy querida por sus lugareños y por quienes la visitan.

La Habana, en particular la parte añeja, tiene muchos detalles. Esta afirmación la corroboran los más observadores que se detienen para contemplar puertas, aldabas, rejas y otras particularidades como frenadas en el tiempo, que exhiben gran colorido.

Sin embargo, de todas esas piezas, las farolas aportan una belleza única, descarnada y vivaz, con sus relieves en metal y la profanación de bombillas modernas dentro de un encierro que tiene muchos más años.

La recuperación de los estandartes, los signos distintivos de una urbe que siempre se preocupó por rescatar lo rescatable, se dan cita en las farolas, donde el verde o el oxido tienen la mano tendida, parecen amigables. Esas farolas resguardan al caminante, entre los árboles, con parques históricos a sus pies y la mirada perseverante de quienes llevan una cámara fotográfica.

Precisamente, esas farolas, digamos las antiguas y las modernas, componen hoy un granito de arena muy particular para los paseantes, para quienes peregrinan por la urbe que apareció en la palestra en 1519, el 16 de noviembre, y está muy próxima a cumplir sus 500 años de existencia.

Cuando observamos estas farolas, nos viene a la mente la historia del alumbrado público, que en La Habana está muy bien representada.

Este sistema consiste en la iluminación de las vías públicas, parques y demás espacios de libre circulación.

Incluso los estudiosos recuerdan que tras el control del fuego por parte de los humanos uno de sus usos fue la iluminación. Fueron encontradas lámparas de terracota en las planicies de Mesopotamia datadas entre el 7000 y el 8000 antes de Cristo, y otras de cobre y bronce en Egipto y Persia cercanas al 2700 a. C.

Las primeras ordenanzas sobre alumbrado público que se conocen datan del siglo XVI. En Francia, eran obligados los vecinos (1524) a colgar una luz en la puerta de sus casas, y hasta 1558 no se colocaron faroles en las esquinas de las calles.

Para 1662, el abate Laudati Carraffe organizó un cuerpo de vigilancia nocturna encargado de encenderlos y apagarlos.

En 1667, el teniente de policía Le Reynie reformó y fijó el alumbrado público. Uno de sus sucesores, Sartines, introdujo el empleo de reflectores o reverberos, y en 1818 fue adoptado el gas, extendiéndose después a todas las ciudades importantes del mundo.

La primera utilización del alumbrado de gas para la iluminación pública fue en 1807, cuando Frederick Albert Winsor iluminó uno de los lados de la calle Pall Mall de Londres, tras mejorar el sistema que años antes había investigado el francés Philippe Lebon.

De ahí que las primeras farolas de gas requerían que un farolero recorriese las calles al atardecer para ir encendiéndolas, pero años después se empezaron a emplear dispositivos de encendido automático que prendían la llama al activarse el paso de gas.

Como notas más curiosas aún, se conoce que las primeras farolas fueron fabricadas por los árabes. Les siguieron las primeras del tipo arco eléctrico, inicialmente de velas eléctricas, velas Jablochoff o velas Yablochkov, desarrolladas por el ruso Pavel Yablochkov en 1875.

Y una buena gama de estos artefactos se pueden apreciar en las calles sobre todo de La Habana, como museo activo, que aunque ahora son eléctricas, conservan su estructura y materiales originales de un porta lámpara que se respete.

Prensa Latina

Cuenta Oficial de la Agencia Informativa Latinoamericana Prensa Latina. Al Servicio de la verdad desde el 16 de junio de 1959

Comparte si te ha gustado
Scroll al inicio