La guerra contra Irán entra a su séptimo mes sin la victoria prometida por Trump

Seis meses después de que Estados Unidos e Israel lanzaran, el pasado 28 de febrero, una ofensiva aérea contra Irán que acabó con la vida del líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, y de parte de la cúpula política y militar del país, la guerra está lejos de la victoria rápida que Donald Trump había anunciado al inicio del conflicto.

Irán respondió a los ataques en ejercicio de su legítima defensa, con el lanzamiento de misiles y drones contra Israel y objetivos militares estadounidenses en la región.

Washington partía de la expectativa de una campaña breve y decisiva que permitiera, en el escenario más favorable, provocar la caída de la República Islámica y, como mínimo, destruir sus capacidades nucleares y militares para después abandonar el conflicto en condiciones que pudiera presentar como una victoria.

Sin embargo, al entrar al séptimo mes de enfrentamientos, esos objetivos parecen cada vez más difíciles de alcanzar. Los misiles iraníes mantienen una capacidad de ataque que Teherán ha demostrado estar en condiciones de utilizar con creciente precisión, mientras tampoco existen señales concluyentes de que la infraestructura de su programa nuclear con fines pacíficos haya sido destruida.

A esta situación se suma un elemento que ha alterado profundamente el equilibrio de la guerra: el estrecho de Ormuz. Teherán ha convertido esta estratégica vía marítima en una de sus principales herramientas de presión sobre Estados Unidos y sus aliados, al condicionar la navegación por un paso fundamental para el comercio mundial de hidrocarburos.

Durante los meses de conflicto, Washington ha recurrido a amenazas, operaciones militares, bloqueos y negociaciones con el propósito de restablecer las condiciones de navegación existentes antes de la guerra, pero no ha conseguido que Irán renuncie a utilizar el estrecho como instrumento de presión.

La disputa por Ormuz se ha convertido así en uno de los mayores obstáculos para la estrategia estadounidense y en un símbolo de lo que Teherán presenta como el fracaso de la ofensiva de Washington. El cierre del paso al tráfico naval provocó una fuerte perturbación en los mercados energéticos: el precio del barril llegó a alcanzar los 120 dólares, frente a unos 70 dólares antes del inicio de la guerra, alimentando el temor a una crisis económica de alcance mundial.

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La presión ejercida por Washington para garantizar la reapertura del estrecho también expuso diferencias dentro de sus propias alianzas. La petición de Trump para que otros miembros de la OTAN enviaran buques militares destinados a asegurar la navegación por Ormuz fue rechazada, evidenciando las dificultades de Estados Unidos para construir un respaldo internacional a su estrategia en la zona.

El acuerdo de tregua alcanzado el 8 de abril permitió una reapertura temporal del estrecho, pero no resolvió la disputa sobre su control y navegación. Kazem Gharibabadi, viceministro de Asuntos Exteriores de Irán, reiteró el martes que Ormuz permanecerá cerrado al tráfico general y que únicamente se permitirá el paso de embarcaciones comerciales, de acuerdo con las condiciones establecidas en el memorándum de entendimiento vigente.

El funcionario señaló que una reapertura más amplia dependerá del cese de las hostilidades en todos los frentes, del levantamiento del bloqueo y de una solución a la situación en Yemen. También sostuvo que Irán es el único país que posee un conocimiento preciso sobre la ubicación de las minas existentes en el estrecho, un factor que, de acuerdo con Teherán, condiciona cualquier intento de garantizar la navegación.

En paralelo, Irán y Omán acordaron establecer un corredor marítimo en el estrecho de Ormuz con el objetivo de contribuir a la recuperación de una navegación segura y facilitar los servicios de tráfico, información y seguridad marítima.

En un comunicado conjunto, ambos países destacaron la importancia de reanudar la navegación por la estratégica vía marítima, al tiempo que defendieron el respeto a la soberanía y los derechos soberanos de los Estados de la región.

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EE.UU. apuesta por la presión económica ante el estancamiento de la guerra

Por su parte, el secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, comunicó a varios de sus homólogos extranjeros que Washington no tiene previsto, por el momento, lanzar nuevos ataques contra Irán y que la estrategia de la Casa Blanca se concentrará en intensificar la presión económica y aplicar otras medidas coercitivas.

De acuerdo con un funcionario estadounidense citado por Axios, la política contempla reforzar el cerco económico mediante el bloqueo naval y la nueva iniciativa de sanciones anunciada esta semana, al tiempo que Washington supuestamente busca garantizar que la mayor cantidad posible de petróleo pueda atravesar el estrecho de Ormuz y llegar a los mercados internacionales.

Rubio habría expuesto estos lineamientos durante conversaciones telefónicas con ministros de Relaciones Exteriores de distintos países.

En tanto, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció el lunes que Washington estudia ampliar las sanciones contra países que mantengan relaciones comerciales con Irán.

La guerra pierde respaldo en EE.UU. y aumenta la presión sobre Trump

El respaldo de la población estadounidense a la guerra contra Irán ha caído a su nivel más bajo desde el inicio del conflicto, mientras la popularidad de Donald Trump permanece también en mínimos, de acuerdo con una encuesta de Reuters/Ipsos concluida el lunes.

El sondeo muestra que apenas 31 por ciento de los estadounidenses respalda la acción militar contra Irán, frente a 37 por ciento en marzo y 34 por ciento a comienzos de agosto. El descenso se explica en buena medida por la pérdida de apoyo entre los republicanos, ya que el respaldo al conflicto dentro de ese grupo pasó de 77 a 69 por ciento.

Por segundo sondeo consecutivo, solo 33 por ciento de los encuestados aprobó su gestión como presidente, el nivel más bajo registrado por Reuters/Ipsos durante sus dos mandatos. Aunque Trump ha rechazado reiteradamente los resultados de las encuestas sobre su popularidad y el respaldo a la guerra, los distintos sondeos citados por Reuters coinciden en un predominio de la oposición al conflicto entre los estadounidenses.

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La percepción de que la guerra se prolongará también ha aumentado entre la población. El 83 por ciento de los estadounidenses consultados considera que el conflicto continuará durante mucho tiempo, frente al 80 por ciento registrado a comienzos de agosto.

Esta expectativa contrasta con las promesas con las que Trump llegó a la campaña presidencial de 2024, cuando aseguró que trabajaría para contener la inflación y evitar guerras prolongadas. Al comienzo de la ofensiva contra Irán, el mandatario había calculado que la campaña militar duraría entre cuatro y seis semanas.

Lejos de esa previsión, la guerra entra ahora en su sexto mes y comienza a tener consecuencias económicas que pueden afectar políticamente a la Administración. El precio de la gasolina en Estados Unidos ha aumentado más de un dólar por galón respecto al nivel previo al conflicto, una situación que añade presión sobre los republicanos de cara a las elecciones de medio mandato previstas para el 3 de noviembre.

El impacto electoral podría ser especialmente relevante si las hostilidades continúan y los precios de los combustibles permanecen elevados. La encuesta de Reuters preguntó a los votantes independientes qué partido apoyarían para el Congreso si las elecciones se celebraran actualmente: 33 por ciento respondió que votaría por los demócratas, sólo el 19 por ciento se inclinó por los republicanos. Estos resultados se conocen mientras el Partido Republicano enfrenta el riesgo de perder parte de su respaldo en las elecciones legislativas de noviembre.

El sondeo se llevó a cabo durante cuatro días entre 1.215 adultos estadounidenses de todo el país y presenta un margen de error de tres puntos porcentuales.

Prensa Latina

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